"Si mi don es la palabra... el mundo tiene escrito su destino..." Bruma Antártica.
Mostrando entradas con la etiqueta ÁRIDOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ÁRIDOS. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de marzo de 2017

PUEDE QUE MAÑANA

Ya no escribo.
Ya he mirado dentro de mí.
He recorrido,
por todos sus sitios,
el mal llamado sinfín.

Ya no verso.
Está todo destilado.
No hay filtros para el pecho.
Las palabras han escapado.

Ya no proso.
Me quema la lengua.
Demasiado coraje.
El viaje...
corre de mi cuenta.

Escribir...
Ya no escribo.
No brotan los rotos.
Tampoco los afino.
Sólo me bebo los añojos.

Lo pienso, lo acallo, lo sé.
No hay trazos o son mudos,
ahogados en posos de café.
Navego sin fe en ese mar turbio.

Ya no hay letras.
Se desconchó la pintura.
He perdido el pincel
y hasta la calentura.

Ya no escribo.
Puede que mañana.
Ahora estoy hendida,
con las gafas empañadas.

Mañana, con el alba,
sacaré mis plantas al sol.
Ya, si eso, otro día
escribiré una canción...

photo by Giacomo della Sera

domingo, 13 de marzo de 2016

TRISTE VERBO

Otra vez me invade esa asquerosa tristeza. Ese dolor que, entre todos los dolores,  nadie puede comprender. Ni siquiera puedo expresarlo, nunca he tenido que hacerlo, nunca he aprendido. A nadie le ha importado cuando me ha dolido y en nadie he visto ese dolor. Es como ese deseo con el que aprendes, con el que devoras la vida, ese que devora mi espalda, mi alma y mis manías. 

Mis letras son presas, tristes presas retorcidas de dolor. Creen que los poemas son amor, pero son gritos, son desesperación, son frustración, son gemidos, son dolor, pero ¿amor? No, amor no son. Inspiro y no es confianza lo que respiro. Exhalo y no es aire lo que sale de mí. Tristeza, dura y vaga tristeza. Ese dolor que nadie ve ni quiere cerca. Vive en mí, huyes de ella. Huyes de mí. Como el tiempo, como el calor, como el sueño... 

Soy tanta carne, tanta sangre roja…

Gasolina prendida con roces a una cerilla. Cerilla atada a un cubo de agua fría. Humo, humo, humo… Se disipa en la atmósfera la certeza de que todo es verdad sólo porque las palabras lo dicen. El llanto delata la mugre que atormenta la consciencia. La brasa… nunca lo fue, ni ascua siquiera. Sólo un papel cargado de letras humeantes, demasiado sinceras para poderlas leer.

¡Triste verbo absurdo! ¿Qué te llevó a creer? Las noches son embusteras, los huecos son cadenas, el barro no es tan mal lugar. ¡Ay, triste verbo! Crédulo y mojado, nunca aprenderás. Verás las llaves caer al fondo del mar. Oirás el eco de los graznidos de la paloma de la paz. Sentirás todo lo que es posible sentir, incluso más de lo que imaginas. Pero no despertarás llamas en el agua. No serás el final.

Tristeza, ciega y muda tristeza. Me quitas la vida. Con las prisas, la noche se termina y el día también se va. Me matas, cada vez que comprendo que vivo en ti, lejos de todo, hasta de mí. Tienes que entender que yo tampoco te quiero. Porque ese dolor por el que vienes ya me ha roto en mil pedazos… 


viernes, 7 de noviembre de 2014

NO MIRAR ATRÁS

Silencio en la noche de los abedules.
Sauces alegres sonríen al pasar.
Cientos de aves echando a volar.
Despidiendo al caminante.

Y no, no mira atrás.

El viento golpea los árboles.
Se cierne la oscuridad callada.
Destellos de velos lejanos.
Sedosos hilos pegados 

a un castillo bombardeado.

Luces de tiempo,
que el caminante no quiere ver,
que agravian su marcha,
y le hacen perecer.

Cruza las charcas.
Empuja las zarzas.
Se quema de ira canina.
Pero no, no mira atrás.

Un río y una espada. 

Una roca clavada.
Una madera varada.
Una barca para un navegante.
Una estrella errante. 

Para dejar de andar.
Llegar más allá.
Y no, no mirar atrás. 

Seguir al sol.
Crear la senda y cerrar los puños.
Pero no, no mirar atrás.

Subir, si toca, y bajar, si se puede.
Correr y volar.
Precipitarse hasta el mar.
Caer y gritar.

Morir en cada paso.
Y no.

Nunca mirar atrás.